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Los Espacios de las Escuelas

Las aulas de las escuelas significan el lugar en el que transcurre la enseñanza, en el que es posible pensar que niños y jóvenes en quietud aprenden y por qué no, disfrutan y se apasionan por lo nuevo, lo provocativo, aquello que invita a pensar. Sin embargo, nada más ajeno a la niñez y a la juventud que la quietud o la escucha silenciosa. Creemos que el orden o la quietud representan la “buena educación” el compromiso con la tarea, el respeto a los mayores. Los corredores, pasillos o patios, nos permiten algunas libertades por minutos que interrumpen el silencio del aula. Es así como aulas y pasillos, en una distinción severa, piden silencio o aceptan bullicio en una suerte de análisis indiferenciado respecto de sus moradores o huéspedes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una mirada que no se limite a las paredes o los espacios de las aulas deberá reconocer a la escuela toda como el lugar que elegimos para educar. Así como las rondas de bancos o las mesas dispuestas para el trabajo compartido y no su alineamiento en filas permite a las o los estudiantes la ayuda entre ellos, los trabajos en grupo, las búsquedas compartidas, los pasillos y patios en los que se habilita el bullicio o el juego tienen que ver más con la infancia que con las instituciones que la aprisionan.

Volver a mirar la escuela desde una perspectiva totalizadora nos permitiría derribar las endebles paredes que construimos como garantía de un espacio en el que se aprende y de otro espacio en el que se juega o se divierte en tanto representan una falsa antinomia en la vida de las niñas, los niños o los jóvenes.

 

  

Espacios para pensar, para resolver ejercicios o para solicitar ayuda

Solemos reconocer que, en determinados momentos del proceso del aprender los estudiantes necesitan un espacio para la reflexión. Se trata de limitar un ámbito para ello y nos preguntamos si es condición el espacio del aula. Podríamos identificar la biblioteca, un rincón del patio, una caminata alrededor de un espacio.

Determinar tiempos y formas parece más apropiado o comprensivo que invocar al silencio en el salón de clase. Invitar a pares de alumnos a mirar una cartelera, a tomar nota afuera del aula, a consultar a otro grupo de alumnos tratando a la escuela como un grupo colectivo en el que la comunidad de intereses permite ayudas o préstamos. Se trata de volver a pensar la escuela como un espacio activo en el que las actividades del aprender no se identifican con la pasividad o la quietud. Tampoco se trata de caer en el simplismo de identificar el desorden o el bullicio con el trabajo activo y este con el valor de aprender.

Se trata, simplemente, de entender las condiciones del aprender, sus necesidades o requerimientos y las falsas creencias que se construyeron a lo largo de las décadas respecto del orden y del silencio en los salones de clases. Por otra parte, interesa apropiarnos de la escuela y no sentir que el aula es el único lugar en el que es posible aprender.

 

Construir la escenografía en el salón

Si el tema de la clase implica, por ejemplo, comparar, clasificar, interpretar datos, colgar mapas o cuadros, consultarlos, examinar supuestos, los espacios deberán adoptar una forma nueva para ello. Comprometer a los estudiantes para participar eligiendo las maneras de sentarse o diseñar rincones de trabajo rompiendo con los formatos convencionales producirá, seguramente un mayor compromiso con la tarea siempre y cuando la tarea sea atractiva. Seguramente, cada vez que el tema se cambie y se genera una nueva propuesta de trabajo podremos pensar si el espacio promueve el trabajo creativo, activo, participativo.

Es posible que algunos elementos nos acompañen siempre. En el mejor de los casos, una computadora en el aula con conexión a Internet, manuales, diccionarios, una enciclopedia, mapas o simplemente una muñeca a la que le contamos las vicisitudes del día.  

 

 

 

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Un rincón en algún lugar

Apropiarse de todos los espacios entendiendo como transcurre la vida en las escuelas implica rediseñar los lugares del aprender. Esto significa que el patio, el pasillo, la galería, pueden constituir un ámbito en el que se da cabida a una actividad productiva. Se  trata de mirar a la escuela quitándonos los barrotes que a veces levantamos y que impiden entender que todo el espacio es uno solo y en él transcurren largas horas de la vida de los niños.            

Un problema complejo, un enigma, afrontar un escollo o resolver una situación contradictoria, más de una vez, nos invita a pensar en otros ámbitos diferentes en los que la situación se plantea. Salimos a caminar, a despejarnos, a liberarnos de algo que nos atrapa en una rutina casi sin darnos cuenta y encontramos la respuesta que nos orienta o ayuda. ¿Es posible promover este salir a caminar, levantarnos, mirar desde otro ángulo el tema o problema? Ayudar a los niños y jóvenes para que encuentren la solución deseable puede ser provocativo en tanto rompe las tradiciones que asocian la resolución de problemas a la quietud o al inmovilismo en el banco del salón de clases.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los espacios colectivos

En las escuelas cada docente parece adueñarse de un espacio y de un proyecto que impide la construcción colectiva. La débil articulación entre las actividades o propuestas acrecienta la soledad de su trabajo. Es probable que el trabajo compartido, la construcción de experiencias en colaboración permita también la adopción de espacios comunes que favorezcan una cultura cooperativa, entendida como una forma de convivencia escolar democrática.

Los espacios como propuesta organizativa no son ajenos a las maneras de concebir el enseñar y el aprender y a la construcción de un clima moral. De lo que se trata es que las escuelas sean espacios habitables, que favorezcan las interacciones y en las que la mirada del adulto acompañe, promueva y participe en la apropiación de cada rincón y no en el control de alguno en particular. El trabajo conjunto entre docentes derriba las paredes de las aulas y transforma a la escuela en un centro de perfeccionamiento permanente de la tarea.  

En muchos proyectos y experiencias las escuelas asignan a un tiempo y a un espacio una suerte de constitución de lo moral. Izar la bandera o arriarla, la bienvenida al inicio de la jornada, la entrada al aula luego del recreo suelen ser una suerte de expresión de lo moral, lo ejemplificador o la clara expresión de la adopción de las normas. Preferimos pensar en todo el ámbito escolar como una suerte de espacio vívido y confiable, que brinde seguridad tal como el espacio del hogar aún cuando adopta según las necesidades y requerimientos normas especiales para diferentes momentos. Casas seguras, amigables, confortables, pero más que otra cosa casas protectoras para los jóvenes en las que en cada lugar se respira el sentido de la educación como una práctica moral.

Fuente : http://www.educared.org.ar/

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